Durante el fin de semana, más el domingo, pensé en lo que sucedió en esa empresa farmacéutica donde pasé seis años y tres meses de mi vida. Ser contratado en abril de 2015, siendo mi fecha de ingreso el día de mi cumpleaños 51, pareció ser uno de los acontecimientos más afortunados de mi vida; y en cierta forma lo fue, durante algún tiempo.
He mencionado antes que las dificultades laborales se agravaron a mediados de 2017, en junio, cuando regresé de una incapacidad de seis semanas por una fractura de clavícula, por un accidente en la práctica de mi deporte, el ciclismo de ruta. Un mal compañero, que en ese momento tenía 10 años de antigüedad en la empresa y ocupaba un puesto de jefatura, comenzó a hacerme la vida difícil y así, la segunda mitad de ese año 2017, se convirtió en una pesadilla.
En marzo de 2018 fue contratado un nuevo director de Recursos Humanos. Un poco antes de su llegada, yo había enviado un escrito, vía Outlook, al “comité de ética”, una de esas cosas que no sirven absolutamente para nada, sin saber a quién me estaba dirigiendo. Quien haya recibido el documento hizo caso omiso del mismo y jamás recibí ninguna respuesta. Yo conocía al nuevo director de RH, de vista, y un día a mediados de abril, a punto de cumplir tres años en la empresa, fui a su oficina y hablé con él; pareció una buena experiencia.
En agosto de 2018, se contrató a una mujer para un puesto de gerencia recién creado, que sería jefa directa del Delincuente Narcisista. La semana anterior a su llegada, estando de vacaciones la directora del departamento al que el Narciso y yo pertenecíamos —la persona con más poder dentro de toda la empresa, por haber dado a ganar muchísimo dinero— envié al director de RH un documento informándole de las malas acciones de ese acosador (el Delincuente Narcisista) al que se conocía como una de las personas más dañinas de toda la empresa. La directora de mi departamento regresó la semana siguiente, y el director de RH habló con ella sobre el asunto que yo le había expuesto. Esa mujer, de nombre Silvia, habló conmigo en su oficina con la puerta cerrada y se comprometió a “observar a Omar”, el Narciso acosador. La siguiente semana llegó la mujer que ocuparía el puesto de gerencia recién creado, y me fue presentada. Yo me mostré amable con ella, como lo había hecho con cada persona que había llegado al departamento, pero el Narciso se dio a la tarea de manipularla de inmediato; nuestra directora le había dicho que me dejara en paz (había hecho eso mismo mucho tiempo antes) y él tomó la advertencia como un acicate.
En las semanas que siguieron, durante el mes de septiembre, la nueva gerente (de nombre Blanca) comenzó a agredirme sistemáticamente. Nos encontrábamos de frente con bastante frecuencia, podríamos decir cotidianamente, porque el lugar de ella se encontraba en un área a espaldas de mi escritorio. Ella me miraba con una tremenda hostilidad, y una vez que yo hablaba con nuestra directora en su oficina, con la puerta abierta, de pronto miré a mis espaldas y descubrí a Blanca mirándome como a la persona más despreciable del mundo. A esta mujer agresiva no se le ocurrió pensar que lo que le había dicho su subalterno de mí, podía no ser cierto. Este es un caso de violencia de género, pero a la inversa; una mujer agrede a un hombre sin el menor motivo; por haber hecho eso, ella debió ser dada de baja, pues que un mal individuo le haya dicho falsedad y media no es justificación para agredir a nadie y su subalterno había cometido el delito de difamación de honor, daño moral, mismo que por órdenes de nuestra directora, el personal de la empresa se encargó de encubrir, incurriendo en un segundo delito.
La crisis se presentó a principios de octubre de 2018 y cuando yo acudí a esa directora, Silvia, ella se dirigió a Recursos Humanos, a su director y el médico que ocupaba la jefatura de servicios médicos, y les ordenó (pese a que no le reportaban a ella) que manejaran el asunto como si el problema fuera yo. Al cumplir un año en mi empleo, en los últimos días de abril de 2016, el médico se había enterado de que yo padecía un trastorno psiquiátrico y llegado el momento, usó eso contra mí.
Se me pidió entonces que acudiera a la institución donde recibía la atención psiquiátrica a pedir un “dictamen” sobre mi tratamiento y su proceso, como si padecer alguna patología mental fuera un delito. Por órdenes de esa directora, Silvia Romero Medina, el director de Recursos Humanos y su subalterno, el médico Eduardo Bishop Montoya, adoptaron la postura de que nadie me hizo nada y mi mente enferma me había jugado una mala pasada, el loquito se había imaginado todo. Se me separó de mi trabajo durante casi dos semanas (un total de ocho días hábiles) y cuando regresé, el médico me pidió que fuera a hablar con él cada dos lunes, para que él evaluara mi estado anímico. Este señor, Eduardo Bishop Montoya, es un médico general que se las da de “doctor” (como la inmensa mayoría de sus colegas) era un bien conocido inútil, de un nivel intelectual deplorable (analfabeta funcional, carente de la capacidad de hacer cálculos aritméticos de tercer año de primaria) cuya apariencia refleja una terrible salud tanto física como mental (presenta un adelanto en su reloj biológico de por lo menos 10 años), además de un patán cobarde (trata muy mal a quienes le reportan y muestra una actitud muy hostil hacia la mayoría de los empleados.
Con tres años y medio de antigüedad en mi trabajo, un cierto número de personas se habían dado cuenta de que mi nivel intelectual era más alto que el promedio, en una medida significativa. No obstante, ese señor, el médico, me dijo una vez, mientras hacía su “evaluación” sobre mi estado mental, que el Delincuente Narcisista, Omar Jaudiel Correa Cárdenas, era “un tipo como cualquier otro, sin grandes virtudes pero también sin grandes defectos”.
Así, este débil mental (que a todas luces apenas rebasa el límite inferior en la puntuación para librar la deficiencia mental) pretendió hacer gala de una inequívoca superioridad intelectual, algo verdaderamente inconcebible.
Esa empresa, Productos Maver, se anuncia como “incluyente”, que da empleo a “todos los talentos, personas convencionales y con otras capacidades”. Y anunciándose así, y autoproclamándose “empresa socialmente responsable” y con letreritos por aquí y por allá que rezan “en Maver no se permite la discriminación”, manejaron mi asunto, la violencia laboral de que fui objeto —incluso con la comisión de delitos— como inexistente, una manifestación de mi patología, de mi locura. La Norma Oficial Mexicana 035 de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (NOM 035 STPS) que se ocupa de la identificación y prevención de riesgos psicosociales en el lugar de trabajo, quedó sin el menor efecto, cuando su cumplimiento no es opcional, sino obligatorio.
A partir de ese mes de octubre de 2018, mi situación se hizo todavía más difícil, pues el Narciso continuó haciendo de las suyas, manipulando a muchos integrantes del departamento (sobre todo a quienes le reportaban, que en su mayoría eran además sus amigos) y yo tenía que vivir en la indefensión, no tenía nadie a quien recurrir. De haberme dirigido a Recursos Humanos, me habrían preguntado “¿tienes pruebas?” y la directora, Silvia Romero Medina (que había convertido ese departamento en su coto de poder) argumentaría “Oscar ya se imaginó que alguien le hizo algo, que alguien lo difamó, que sus compañeros muestran hostilidad contra él”.
Conforme ha pasado el tiempo, los casi 11 meses desde aquel martes 17 de agosto en que fui despedido, me he ido dando cuenta de la gravedad de todo esto y he vivido un estrés postraumático.
Independientemente de lo que haya sucedido en relación con posibles consecuencias para la empresa y las personas que participaron en todo lo arriba mencionado, tengo intenciones de escribir un documento y hacerlo llegar al organismo gubernamental que regula los asuntos laborales en mi país, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social.
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